El 28 de febrero se conmemora la partida física (1854) de Simón Rodríguez, el filósofo y educador más revolucionario de nuestra América, quien falleció en Amotape, Perú, dejando un testamento intelectual que sigue guiando nuestros pasos.
Aquel «loco» de ideas brillantes, que prefirió la libertad del pensamiento antes que las comodidades de la colonia, cerró sus ojos en la mayor humildad, pero con la satisfacción de haber formado al hombre que libertó seis naciones.
Su siembra no fue un final, sino el inicio de una doctrina que hoy, a través de la Misión Robinson, ha llevado la luz del conocimiento a los rincones más profundos de nuestra patria.
Su muerte selló el compromiso histórico de buscar modelos propios: «O inventamos, o erramos».
Nos enseñó que la educación no es solo llenar cabezas de datos, sino formar corazones para la libertad.
Murió fiel a sus principios, demostrando que un verdadero maestro es aquel que vive como piensa.
»La fuerza de la instrucción es la que debe dar la libertad a los pueblos.»
A 172 años de su paso a la inmortalidad, Simón Rodríguez vive en cada aula, en cada campo y en cada venezolano que cree en la educación como herramienta de emancipación.
Su ejemplo es la brújula que nos orienta hacia la verdadera independencia mental.